Las experiencias culturales de su Cuba natal son una gran fuente de inspiración para José Bedia. Esta pintura enuncia la compleja relación entre el cubano exiliado y aquellos que deja atrás. La composición, dividida horizontalmente, traza un épico viaje que protagonizan dos figuras estilizadas. En la mitad superior, la figura femenina se despide mientras la figura masculina se aleja remando de la colosal cabeza sobre la cual queda ella arrodillada —símbolo que Bedia usa con frecuencia para representar a Cuba—. En la mitad inferior, ubicadas en lados opuestos sobre pedazos de tierra aislados, las figuras logran reconectarse por teléfono, vínculo que ilustran las líneas blancas entrelazadas. El nostálgico título comunica la añoranza y las adversidades que implican estas separaciones.